Verónica Guajardo, bioquímica y doctora en Ciencias Silvoagropecuarias y Veterinarias, es la investigadora responsable de la Línea de Mejoramiento Genético del Centro de Estudios Avanzados en Fruticultura (CEAF). Desde su casa en Rengo, en la Región de O’Higgins —muy cerca de la casa donde creció y hoy cría a sus hijos—, combina la investigación con la vida familiar. Nos reunimos un sábado por la mañana. Su agenda suele estar copada incluso los fines de semana, pero aun así se da el tiempo para hablar de su trabajo y de la pasión que la mueve: desarrollar herramientas biotecnológicas que permitan mejorar la producción de frutales, que sostienen gran parte de la agricultura chilena.
Verónica es especialista en el uso de marcadores moleculares para identificación genética de variedades y portainjertos de frutales, tema en que se ha especializado desde su doctorado. Su investigación comenzó con cerezos, pero se ha expandido para abarcar arándanos, kiwis, nogales, frutillas, entre otras especies. En este momento colabora en un proyecto FIC en la Región de O’Higgins sobre la detección de virus en ajos y cebolla, y paralelamente trabaja en el análisis de los resultados de su proyecto FONDECYT de Iniciación relacionado con polinización del cerezo.
Para dimensionar el impacto de su trabajo, se debe recordar que las cerezas son una de las principales exportaciones del país, con cerca de un 95% de su producción exportada en la temporada 2024-2025 y que el área silvoagropecuaria constituyó cerca del 3% del PIB de Chile en 2023. Con la presión de quienes necesitan el máximo rendimiento para exportar, Verónica se mueve entre el constante contacto con productores y el laboratorio, entre las muestras de su investigación y su familia, y entre el rigor científico y un liderazgo amigable.
La importancia del hogar: desde Rengo para Chile
La doctora Guajardo se describe a sí misma como “preguntona”, una niña a la que le gustaba observar y que, viniendo de una escuela rural, asoció su carrera al entorno en que creció: una zona frutícola sumamente productiva, además de la introducción a las ciencias que tuvo en su época escolar. Cuando le tocó elegir una carrera, no había mucha información disponible, mucho menos en un pequeño colegio de Rengo. Recuerda que su primera cuenta de correo electrónico no la tuvo hasta el año 1999, cuando entró a la universidad. Líder innata, su curiosidad guió su camino hacia las ciencias. Si bien nos cuenta que en un principio no tenía referentes por la falta de información, también admite que hay grandes avances en la materia.
Con un pregrado en la Pontificia Universidad Católica, al que accedió gracias a un programa de financiamiento de la universidad, nuestra entrevistada ya sabía que la ciencia le interesaba. Por eso eligió estudiar bioquímica. Durante la carrera descubrió la biología molecular, área en la que encontró su vocación profesional. “Me di cuenta de que me gustaba aplicar en el laboratorio conocimientos que luego se pueden usar para dar respuestas concretas, ya sea en la salud humana o vegetal”, comenta.
“Pasado el tiempo, una amiga me dijo, ‘Vero, ¿y por qué no haces el doctorado?’, eso nunca estuvo en mis planes, sin embargo, seguí el consejo”. El año que decidió ingresar al doctorado se estaban iniciando conversaciones entre distintos organismos gubernamentales para la creación de centros de investigación regionales en distintas partes de Chile con la finalidad de generar mayores capacidades en ciencia, tecnología e innovación. Tenían financiamiento para estudiantes de doctorado. “¿Dónde? En Rengo, a menos de cuatro kilómetros de la casa de mis papás”. Verónica comenzó su doctorado, financiado por el Centro de Estudios Avanzados en Fruticultura, CEAF. Ese mismo año, su hijo Vicente entró al Kinder. Un año de cambios para los dos.
“Fue una de esas oportunidades que no se dan muchas veces en la vida”. Si completaba sus estudios con éxito, podía volver a su región, estar cerca de su familia y de su hijo, y le esperaba un espacio en el CEAF. “Yo quería volver (a Rengo) pero trabajar en esta área fuera de Santiago era y es súper difícil”.
Además de los estudios y el trabajo que conlleva, Verónica dedicaba parte de su tiempo a la crianza de su hijo, pero para ella, estas cosas podían complementarse. “El Vice siempre fue parte de todo, lo llevaba al laboratorio, a los asados que hacíamos en la casa del profe. Siempre fue súper sociable y todos lo conocían, porque igual trataba de andar con él para que desarrollara una parte más social con personas adultas”.
Aunque su vocación en investigación es clara, el camino no estuvo exento de pruebas y dificultades. Sin embargo, la familia de Verónica alentó esta inclinación, y Vicente también fue una inspiración para mantenerse estudiando. “Emocionalmente es súper desgastante el camino de la investigación, pero en mi caso, el tener un hijo también fue una motivación para seguir. Afortunadamente tuve el apoyo de mis papás, porque si hubiese estado sola, no sé si hubiera podido terminar el doctorado”. Igualmente, Verónica, como muchas madres dedicadas a la ciencia, ve reducido significativamente uno de sus recursos más valiosos para la investigación —el tiempo de trabajo y estudio— debido a las tareas relacionadas con el cuidado de sus hijos.
Un equipo sólido para la carrera científica
La investigadora, quien ha mantenido por muchos años una prolija producción de conocimiento, sabe que un buen equipo en el laboratorio -al igual que el apoyo de sus cercanos y familia- es necesario para hacer una carrera exitosa. Con su hija menor, Amelia, la situación es muy distinta, ya que ahora comparte las responsabilidades de la crianza con su pareja. “Mi pareja es un papá súper presente y asume muchas responsabilidades para que yo pueda avanzar, algo muy distinto de cómo fue la historia con Vicente”, explica.
En Chile, muchas mujeres retrasan su producción científica tras convertirse en madres para dedicar tiempo a la crianza. Por eso, contar con un equipo sólido, no solo en el laboratorio sino también en el hogar, es fundamental para seguir generando conocimiento y financiamiento. La doctora recuerda un episodio reciente: “Me tomé unos días de vacaciones para avanzar con un paper que hace años intento terminar. Y Amelia andaba por ahí: ‘Mamá, salgamos’, ‘Mamá, quiero ir a andar en monopatín’. Mi objetivo en ese momento era avanzar en el paper para poder estar tranquila, así que le digo: ‘Sí, pero espérame, Amelia, ya lo vamos a hacer’. Es un poco difícil, porque aún no me lo recrimina, pero mi carrera es así, con estos tiempos, y posiblemente después sí lo recriminará”, expresó.
El trabajo en equipo que la doctora realiza en el CEAF tiene mucho que ver con los buenos jefes que ha tenido en el pasado. “Pese a que hay algunos protocolos que no se pueden modificar, trato de potenciar la iniciativa de mi equipo, dándoles el espacio para proponer nuevas metodologías o mejoras a los procesos que realizamos”, relata. “La confianza en el equipo es la base y la complementamos con metodologías de seguimiento, casi como un diario de vida en el correo, donde registramos qué hacemos y así respaldamos el trabajo diario, algo muy importante en un laboratorio”, explica la investigadora.
Ciencia básica y ciencia aplicada: formas de financiamiento
El trabajo de la doctora Guajardo une ciencia básica y aplicada con impacto directo en la producción de cerezos y otros frutales en Chile. Frente a la inestabilidad de los fondos concursables, el Centro también obtiene financiamiento al ofrecer servicios a productores: “Son resultados que pueden llevar a tomas de decisiones que representan millones de pesos, me toma tiempo realizar estos análisis, pero me gusta porque trabajo en algo que tiene una aplicación directa”, explica. Su liderazgo demuestra cómo la investigación científica puede convertirse en un aporte concreto para la innovación de la agricultura y la economía local.
“El proyecto en el que he estado trabajando viene de observaciones de campo, de variedades de cerezos que se están plantando en Chile, muchas traídas de otros países, que necesitan otra variedad de cerezo que les entregue polen compatible para producir fruta. Su propio polen, por razones genéticas, no permite la fecundación y, por lo tanto, no hay fruta”, explica la doctora. “Con nuestra investigación entregamos la respuesta de cuál es la variedad que poliniza a la planta que les interesa”, finaliza.
La investigación terminó formalmente en marzo, pero ahora la científica se enfoca en validar estudios sobre qué genes se activan o reprimen cuando las flores reciben polen. “Estamos estudiando las primeras horas tras la recepción de polen en el pistilo, la parte femenina de la flor. ¿Qué pasa cuando recibe su propio polen, lo que es conocido como reacción incompatible? No habrá fruta. Pero si recibe polen de una variedad complementaria, un cruzamiento compatible, debería asegurarse la producción de fruta”, afirma.
“En resumen, tenemos la ciencia básica, que nos permite entender los genes y los procesos que determinan si habrá fecundación, por ejemplo, y la ciencia aplicada, que transformamos en servicios. Podemos decir a las empresas: ‘Esta variedad tuya se poliniza con estas otras’, y así ellos diseñan sus huertos en base a la información que obtuvimos”, explica Verónica. Al aplicar resultados de investigaciones de otros científicos a un contexto práctico, destaca la importancia de publicar los hallazgos para que puedan replicarse y luego, cuando es posible, ofrecer un servicio útil a los productores.
“Por ejemplo, es de interés contar con variedades de cerezo autofértiles o que se autopolinicen. Damos un servicio con el que podemos ayudar a que las empresas tomen decisiones cuando sus plantas aún son jóvenes, eliminando aquellas variedades que no podrán autopolinizarse. De esta manera, pueden planificar y armar sus huertos con mayor seguridad y eficiencia”, concluye.
Cabe mencionar que el CEAF, donde Verónica se desempeña, es un Centro de investigación de la ANID, que ya está establecido en su excelencia dentro de la región de O’Higgins. Llama la atención que, a pesar de esto, los fondos que financian los proyectos del Centro nunca están seguros. A pesar de la relevancia y cantidad de sus hallazgos, el tener que justificar constantemente su importancia evidencia la falta de estabilidad con que se consolida la ciencia en Chile. Hoy, tanto comunidades científicas y divulgativas como universidades están levantando la voz para visibilizar esta situación y buscar mecanismos que permitan fortalecer el área. Aunque el porcentaje del PIB dedicado a la investigación ha ido en aumento y el 2023 bordeó el 0,4%, aún queda un largo camino para asegurar un financiamiento sólido y sostenible para la ciencia.
El rol de una referente
Verónica está orgullosa y nos cuenta con detalle parte del trabajo de vinculación que hace con liceos y jóvenes de la zona, donde si bien puede interactuar poco tiempo con los estudiantes, se ha convertido en un referente femenino de la ciencia en espacios rurales. El CEAF trabaja con varias escuelas agrícolas, ya que parte del financiamiento del Centro viene desde el Gobierno Regional, que está enfocado en apoyar a pequeños productores, pero también a escuelas. Verónica lo describe como una forma de retribuir ese financiamiento, al compartir conocimiento que ellos han desarrollado a los estudiantes, y así mostrarles que hay diversas opciones para el futuro.
Para ella es importante motivarlos a estudiar, pero aún más importante es insistir en que vuelvan para continuar en el área agrícola, ya que no muchos jóvenes quieren continuar en el rubro de sus padres o abuelos. “Cuando hay niños y niñas que ya vienen desde el colegio con un gusto por lo científico, los profes deben seguir motivando para que conozcan las carreras o el área que les gusta, técnica o profesional, algo que les permita volver después”.
A pesar de sus dotes de liderazgo, no se siente un referente: “No, me da vergüenza. El tema de decir ‘yo pienso esto’ y ser líderes de opinión, me da un poco de dolor de guata, la verdad”. A pesar de que Verónica no se considera una líder en su campo, entiende que el trabajo territorial que ha realizado en conjunto con CEAF ha logrado que más personas se interesen en carreras que incluso no existen en la región: “Es la forma de poder formar a chicos que son de acá, de Rengo, y que luego vuelvan a trabajar en lugares como en los que estamos nosotros”.
Verónica sabe que convencer a quienes financian la investigación puede ser todo un desafío, pero hasta ahora ha demostrado que su trabajo tiene un valor real. Su proyecto sobre las variedades de cerezos no solo impulsa la ciencia, sino que también representa un aporte decisivo para la industria frutícola nacional. Con un liderazgo claro y una trayectoria marcada por la excelencia, Verónica muestra cómo una investigadora puede transformar el conocimiento en soluciones prácticas. Aunque el financiamiento del proyecto FONDECYT en cerezo ha concluido, la científica y su equipo están explorando nuevas fuentes de financiamiento para continuar avanzando y consolidar su impacto en la agricultura chilena.
Este reportaje forma parte de la serie Mujeres Líderes en Ciencias, Región de O’Higgins. Un proyecto de CDivulga financiado por el Fondo de Medios de Comunicación Social (FFMM) 2025.
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