OPINIÓN | Quién lo hubiera pensado: la crisis del conocimiento en tiempos de hiperconexión

En los años noventa e incluso a inicios de la nueva era, desde las aulas universitarias, discutíamos cómo el conocimiento permanecía encerrado tras muros académicos. Buscábamos con urgencia nuevas formas de comunicarlo a la sociedad, de abrirlo, de democratizarlo. Hubiéramos imaginado que, con la llegada de internet, el auge de las redes sociales y el acceso masivo a la información —al menos en esta parte de Latinoamérica—, el conocimiento finalmente reinaría.

Pero no. Lo que hoy presenciamos es una profunda crisis del conocimiento.

En este mundo global e hiperconectado, en teoría libre para el pensamiento crítico, las certezas científicas y los saberes construidos colectivamente están siendo reemplazados por narrativas simplificadas, emociones, desinformación y discursos de poder.

Un caso simbólico y preocupante es el de Estados Unidos, donde figuras de alto perfil como Donald Trump y financista del modelo, han promovido discursos abiertamente anticientíficos. Trump, durante su mandato, no solo cuestionó el cambio climático y debilitó agencias como la EPA (Agencia de Protección Ambiental), sino que hoy apoya recortes presupuestarios a instituciones educativas como Harvard, bajo el argumento de combatir supuestos sesgos ideológicos. Casos similares se observan en América Latina, como en Argentina, donde el presidente Javier Milei ha impulsado una fuerte ofensiva contra el sistema científico y universitario, tachándolo de “nido de adoctrinamiento”. En Chile, mientras tanto, las encuestas muestran a posibles candidatos presidenciales que también han coqueteado con discursos populistas que relativizan el valor del conocimiento técnico y académico. Todo esto nos obliga a repensar con urgencia la manera en que el conocimiento se comunica y se valora socialmente.

En este escenario, quienes trabajamos en periodismo, comunicación y educación científica enfrentamos una creciente desconfianza. Desde distintos sectores se cuestiona la legitimidad del conocimiento especializado, acusando a universidades, centros de investigación y medios de divulgación de estar desconectados de las realidades cotidianas. En contraste, la desinformación y la pseudociencia circulan con fuerza, beneficiadas por algoritmos que privilegian lo emocional sobre lo verificado. Este fenómeno no solo debilita el pensamiento crítico, sino que erosiona el pacto social que sostenía la producción y circulación del conocimiento como bien común.

Entonces, ¿Cuál es nuestro rol como comunicadores y comunicadoras científicas en esta era de la anticiencia?

Es urgente repensar nuestro enfoque. No basta con informar. Necesitamos dialogar, construir puentes, escuchar y comprender el contexto social y las creencias de las personas. La comunicación científica actual no puede limitarse a la transmisión unidireccional de datos. Debe partir desde el diálogo y avanzar hacia un modelo de ciencia ciudadana, donde el conocimiento se construye con y para las comunidades.

Esta crisis no se enfrenta con más papers ni con mejores gráficas. Se enfrenta con empatía, escucha activa y participación real. Y los Estados deben asumir su responsabilidad: invertir en educación crítica, fortalecer el rol de las instituciones científicas y fomentar políticas públicas que promuevan el pensamiento reflexivo a través de la comunicación de las ciencias que incorpora profesionales capacitados en estas áreas.

Es momento de hacernos las preguntas incómodas. Porque, quién lo hubiera pensado… que con tanta información disponible, lo que estaría en peligro no sería la ignorancia, sino el propio conocimiento.

Revisa también el artículo “La era de la anticiencia” del Observatorio del Instituto Tecnológico de Monterrey: https://observatorio.tec.mx/la-era-de-la-anticiencia/

Natalia Salazar Muñoz

Directora y Socia Fundadora de CDivulga

Periodista especializada en ciencias, tecnología y educación

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