Natalia Villavicencio, paleoecóloga especializada en megafauna: Se quiere lo que se conoce. El rol de los humanos en la extinción.

Hace 50.000 años, por lo que ahora conocemos como San Vicente de Tagua-Tagua, caminaban especies como el mastodonte, el caballo americano y hasta ciervos extintos. En el cielo volaban los queltehues, que han persistido hasta el día de hoy con su particular canto. La megafauna extinta de la región, compuesta por varias especies de animales de gran tamaño que vivieron durante el periodo geológico del Pleistoceno, cumplía múltiples funciones ecosistémicas, desde la dispersión de semillas de plantas que hoy están en peligro de extinción, hasta la modificación de ecosistemas que se producía cuando los gigantescos mamíferos de antaño derribaban árboles y comprimían el suelo. 
Natalia Villavicencio Figueroa, paleoecóloga especializada en megafauna extinta, revisa un balde de tierra excavada. En ella encuentra vestigios de lo que alguna vez dominó la región: plantas, fragmentos de huesos y herramientas, restos de una fogata que se apagó cuando  animales extintos aún caminaban por el continente. En las manos de la científica, un fósil es examinado a la luz del sol. Pronto sus partes serán analizadas en el laboratorio. Hay miles de años de datos e historia encerrados en las muestras que la doctora acaba de tomar, y gracias al método del radiocarbono, podremos conocerlos.

 

Las muestras se envían al laboratorio, donde se disuelven para extraer el colágeno. Natalia explica que “es como la proteína del hueso. Esa proteína está hecha de varias cosas, como aminoácidos y también carbono, que puede medirse gracias a la técnica del carbono 14, y así podemos estimar la edad de este organismo”, relata. “En su momento me ponía nerviosa y sentía la responsabilidad de escoger un hueso grande, para poder sacar una muestra en un lugar que no altere tanto su forma, es buscar formas de no dañarlos tanto”

Sólo unos cuantos fósiles, dientes y huesos, intactos hace miles de años, nos permiten conocer los ambientes que se desarrollaron en esta misma tierra hace tanto tiempo atrás. Este trabajo es fundamental para la comprensión de nuestro pasado. Se hace a medias entre el terreno y el laboratorio, y es a partes iguales desafiante y esclarecedor. Para Natalia, la paleoecología no solo es una ciencia, sino que es una contribución a que las personas puedan conocer más, y apropiarse de la historia de los lugares que habitan. 

 

Lo que nos cuentan los fósiles

Es nacida y criada en Peñaflor pero actualmente trabaja en Rancagua. La académica de la Facultad de Ciencias de la Ingeniería de la Universidad de O’Higgins, cuenta que siempre supo que quería dedicarse a algo relacionado con la biología. Desde pequeña se caracterizó por su curiosidad y hoy en día se define como “naturalista”. Junto a su familia, que siempre apoyó sus ganas de conocer más, recorrió varios parques nacionales, museos, exposiciones y cualquier tipo de panorama que alimentara su deseo natural de experimentar. –Tuve mucha libertad de explorar. Mi hermano me llevaba a buscar fósiles a varios lados, salíamos a dar muchos paseos y eso me ayudó a darme cuenta de qué quería hacer. En la media supe que quería algo de ciencias biológicas, pero relacionado con ecología, plantas, animales o fósiles– comenta. 

Natalia entró a la carrera de Ciencias Biológicas en la Pontificia Universidad Católica de Chile, y al tiempo después comenzó a trabajar como ayudante de investigaciones en terreno. –Había un laboratorio de paleoecología, que es el único laboratorio que investiga cosas del pasado en ciencias biológicas, y yo me metí a trabajar ahí, y conocí la disciplina. Conocí a Claudio Latorre, que es mi primer mentor–. Natalia no sólo es licenciada en Ciencias Biológicas, sino que también es doctora en Biología Integrativa de la Universidad de California, Berkeley, además de divulgadora y docente. 

Nos explica que los y las paleoecólogas reconstruyen los ambientes del pasado: Cuáles eran sus características, qué animales vivían y en qué entorno, qué comían, y el ambiente a nivel general. –Yo trabajo con megafauna extinta del periodo Cuaternario. Esa es la extinción de estos grandes mamíferos que alguna vez habitaron nuestro país. Me interesa conocer en qué condiciones habitaron los animales del pasado y las causas de su extinción, pero sobre todo me interesa reconstruir su ambiente y entender la historia. – explica Natalia. 

El periodo Cuaternario es el periodo geológico más reciente, comenzó hace más de 2,59 millones de años y se caracteriza, entre varias cosas,por la aparición del Homo sapiens en la Tierra. Es por esto que Natalia investiga la aparición del humano como un factor en la desaparición de la fauna. –De alguna manera vamos armando la historia, gracias a todos los datos que juntamos y analizamos, es lo que más me apasiona–.

Además de su trabajo como académica en la Universidad de O’Higgins, Natalia forma parte de la iniciativa Tagua Tagua Milenaria, que agrupó a científicas y científicos que estaban realizando investigación en el sector. Mientras Natalia realizaba su doctorado en California, investigaba la megafauna de América del Sur, viajando a Chile a tomar muestras al Museo de Historia Natural y a Tagua Tagua. Aquí fue donde conoció una variedad de colegas con diferentes preguntas de investigación sobre el mismo lugar. –Erwin González investigaba la dieta de estos mastodontes, Rafael Labarca tenía preguntas más arqueológicas. Empezamos a intercambiar muestras y luego se sumó más gente, chicos que investigaban las aves de Tagua Tagua, o sus pequeños mamíferos. De ahí derivó en ir a excavar y conseguir fondos para que el proyecto siga hasta hoy–

Este sector no había sido excavado en más de 30 años, por lo que las ciencias no sólo están estudiando nuevos aspectos del sitio, sino que se está mejorando lo que previamente conocían. Tagua Tagua Milenaria, un proyecto de ciencia pública para la región de O’Higgins que comenzó en 2019, es una de las iniciativas científicas que demuestran el valor de la colaboración para la ciencia. 

El proyecto destaca por su interdisciplinariedad, colaboran científicos y científicas desde la geología, climatología, y arqueología. – Como somos un equipo interdisciplinario, cada uno en su especialidad, aprendemos de los otros. Los colegas arqueólogos excavan con mucho cuidado y eso es algo que hemos ido aprendiendo también–. Una misma muestra puede servir a varios científicos, de la misma manera que compartir los hallazgos de las investigaciones que realizan, puede dar pie a nuevos proyectos. 

Tal como Natalia nos habla de “ir armando la historia”, los científicos que excavan e identifican muestras en el lugar, tienen la historia natural de la región en sus manos, no para guardarla, sino para estudiarla, y sobre todo, compartirla, uno de los principales fines del proyecto. –Acá la parte de compartir con la comunidad funciona muy bien. Llegamos a colegios gracias a que nos aliamos con la fundación Añañuca, que es de Tagua Tagua, y que organizan jornadas arqueológicas y paleontológicas de las que muchas personas son parte– relata.

 

Colaborar, divulgar, avanzar 

Si bien, en los proyectos de la región suele reinar la colaboración, el problema de muchos investigadores es que faltan fondos para apoyar a todos los proyectos que se postulan. –La competencia es dura– declara Natalia. –Todos postulamos, pero siempre estamos en una carrera por mejorar el currículum, ser competitivos, escribir algo bueno. El presupuesto que se dedica anualmente a la ciencia sube muy poco año a año, pero cada vez postulamos más–. Es esta misma falta de presupuesto lo que hace la colaboración entre investigadores tan fundamental: –A lo mejor no me gané mi propio proyecto, pero estoy metida en otro, y ahí puedo avanzar un poquito. Tener redes y colaborar entre nosotros es muy importante– relata. 

Al igual que la colaboración, la divulgación de los proyectos es fundamental para el avance de las investigaciones. Para Natalia, divulgar sus investigaciones, es una de las labores más importantes. –Cuando se queda solo en los papers, es elitista. Las investigaciones se financian con los impuestos de todos los chilenos. Nuestros fondos son de toda la gente y es conocimiento para toda la gente, entonces creo que es un deber que salga de nuestro círculo declara. 

Sin embargo, y a pesar de la importancia renovada que tiene este criterio, la divulgación aún no se evalúa adecuadamente–La parte de divulgación es muy importante y en general los proyectos la están exigiendo cada vez más. Lo malo, es que a nosotros nos siguen evaluando los currículums más que nada por los papers, y esta parte de divulgación que están exigiendo no es tan valorada aún– comenta Natalia respecto a los criterios de evaluación de los proyectos, que en muchos casos no reflejan el impacto actual de las investigaciones.

Para Natalia, la importancia de conocer el territorio, y de vincular la ciencia a las localidades, no va solo en difundir los hallazgos de su trabajo, sino en valorar el territorio en el que se vive, y conservar su historia. –Es bueno que la gente se apropie de eso y que conozca también la historia de dónde vive. Al final uno quiere más lo que conoce, entonces al conocer esta historia también la vas a querer más, a cuidar más, y vas a estar atento a este pasado milenario que tiene Tagua Tagua–. 

 

Las lecciones de Natalia 

Desde la fundación organizan jornadas paleontológicas y arqueológicas, con apoyo de la municipalidad postulan a fondos para mostrar toda esta historia a colegios y a las mismas comunidades. –Nosotros estamos ahí con ellos y aportamos dando charlas o visitas guiadas cuando estamos haciendo excavaciones cerca y les contamos qué estamos haciendo. En Tagua Tagua la vinculación con la comunidad funciona muy bien, la asociación con la fundación Añañuca, que siempre han estado interesados en potenciar este patrimonio, nos ayuda a llegar a más personas– cuenta la científica.

Al hablar de patrimonio natural hablamos del conjunto de bienes y recursos de la naturaleza, que son fuente de diversidad biológica y geológica, que tienen un valor referente ambiental, paisajístico, científico o cultural. Para Natalia, esta definición también significa “la historia del lugar, qué animales vivían ahí, qué pasó y cómo eran los ambientes antes” , ya que “Tagua Tagua tiene un patrimonio arqueológico y paleontológico, pero es también natural, porque nos cuenta la historia de los ambientes”. 

En la historia de los ambientes hay un tema que no podemos dejar de abordar: la extinción. Le preguntamos a Natalia qué podemos aprender de estos procesos para aplicar a nuestra época. –Siempre las dos grandes causas de la extinción pasada que se manejan es el rol de los humanos y el de los cambios ambientales. Es difícil porque por sí solos, no logran explicar algunas de estas extinciones. El consenso es que fueron causas combinadas al mismo tiempo, pero para algunas especies, probablemente fue más importante una que la otra, eso todavía lo estamos investigando– aclara la doctora. –El gran misterio es que estos grandes animales se extinguen y lo único distinto que pasa es que el humano está apareciendo en todas partes–.  

Natalia comparte una de las lecciones que tenemos que integrar es que como especie, los humanos, incluso en su primera expansión por el planeta, afectan los ambientes.Esta imagen de que los humanos premodernos vivían en más armonía con el ambiente puede haber sido, pero igual afectan, causaban incendios, e incluso hay evidencia de que cazaron especies hasta que se extinguieron, como pasó con los pájaros Moa en Nueva Zelanda. Efectivamente el humano puede llevar a especies a la extinción, eso es una realidad– declara. 

Además, advierte que la extinción de la megafauna, también tenía un componente ambiental, un escenario muy parecido al que tenemos hoy en día. Una de sus principales consecuencias fue la desaparición de las especies, que se traduce en la pérdida de las funciones ecosistémicas que estos animales realizaban –En los ecosistemas actuales todavía estamos viendo las consecuencias de la pérdida de estos grandes animales que se extinguieron miles de años atrás. Consecuencias como plantas de frutos grandes, por ejemplo, que eran dispersadas por estos animales, ahora no hay quien las reparta. Entonces esas plantas la están pasando mal, sus ambientes se están reduciendo, y quizá no somos conscientes de que los entornos naturales han perdido algunas funciones que realizaban estos animales–. 

Para finalizar, Natalia comparte la última lección en cuanto a nuestra condiciones ambientales actuales. –La extinción es una realidad, que puede tener importantes consecuencias y deberíamos preocuparnos en la actualidad de preservar no solo especies únicas, sino que entender que cumplen funciones, y su desaparición potencialmente también altera nuestra subsistencia. Nuestro sustento está ligado a la salud de los ambientes, y esos ambientes están ligados a la preservación de especies y a su diversidad– finaliza. La lección final es siempre la acción. Cuidar y conocer el patrimonio natural de los lugares que habitamos es el primer paso para su protección, y en consecuencia, asegurar nuestra supervivencia.

 

Este reportaje forma parte de la serie Mujeres Líderes en Ciencias, Región de O’Higgins. Un proyecto de CDivulga financiado por el Fondo de Medios de Comunicación Social (FFMM) 2025.

Créditos fotográficos a Universidad de O’Higgins. 

 

Ve el video sobre este reportaje aquí.

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