OPINIÓN | Las emociones en la educación: Una necesidad urgente

Las emociones son experiencias cotidianas que todos vivimos y, aunque parezcan simples, tienen un impacto profundo en nuestra vida diaria. Incluso el universo Disney, con películas como Intensamente, nos ha ayudado a familiarizarnos y comprender mejor nuestras emociones. Pero más allá de la ficción, desde la neurociencia sabemos que las emociones tienen una función crucial, desencadenando efectos fisiológicos y psicológicos que han sido esenciales para la adaptación y supervivencia de la especie humana. Además, juegan un papel fundamental en nuestra capacidad de tomar decisiones.

En el día a día, las emociones nos predisponen a ver la vida y actuar de una forma u otra. Imagina que grito: “¡Auxilio, fuego!”. Las personas a mi alrededor reaccionarían de diversas maneras: corriendo, llamando a emergencias o incluso rezando. Aunque las respuestas varíen según los aprendizajes y experiencias de cada persona, todos sentirían miedo. Esta emoción, universal y anclada en el cerebro reptiliano, ha sido clave para la supervivencia de la humanidad. Sin embargo, en exceso, el miedo puede generar trastornos como la ansiedad o el pánico, pero esa es otra historia.

Dada la relevancia de las emociones en la vida cotidiana, resulta evidente que deberían ser una preocupación central en el ámbito educativo. Desde el momento en que nacemos, las emociones forman parte de nuestra experiencia, y la neurociencia ha subrayado su vínculo con el aprendizaje. Hace casi tres décadas, Daniel Goleman, en su obra Inteligencia Emocional, ya señalaba la necesidad de incluir la educación emocional en los currículos escolares. Su objetivo: proporcionar a niños, niñas, adolescentes y jóvenes herramientas para gestionar sus emociones y mejorar sus relaciones interpersonales, garantizando así el desarrollo de competencias emocionales esenciales para la vida y la convivencia.

Pero, si cada persona tiene un mundo emocional propio y no siempre posee las herramientas para gestionarlo, ¿dónde deberíamos aprenderlas? La respuesta lógica es en el colegio. Sin embargo, el proceso comienza mucho antes, en el hogar, ya que la familia es el primer agente educador. El colegio complementa esta enseñanza, pero no exime a los cuidadores de su responsabilidad.

Al interior de las instituciones educativas, las emociones juegan un papel decisivo en el aprendizaje. Algunas emociones, como la calma, la alegría, la curiosidad y el amor, facilitan el proceso de aprendizaje, mientras que otras, como el miedo, la tristeza, la ansiedad o el enfado, lo bloquean. Estas últimas emociones pueden dificultar o incluso impedir el aprendizaje, generando barreras en el proceso educativo.

Asimismo, las emociones influyen en las calificaciones. A través de la memoria emocional, los estudiantes asocian ciertas asignaturas con experiencias de éxito o fracaso. Si una asignatura está relacionada con una experiencia negativa, se crea una barrera adicional que el estudiante debe superar. Por otro lado, una memoria emocional positiva facilita el aprendizaje y mejora el rendimiento académico. Además, el clima emocional en el aula también afecta este proceso. Un ambiente en el que se respeta, se fomenta la empatía, la tolerancia y se permite el error es clave para el éxito educativo.

Otro aspecto fundamental es el impacto de la educación emocional en la convivencia escolar. El manejo adecuado de emociones como la ira y la frustración puede prevenir la violencia en las escuelas, mientras que el desarrollo de emociones como la empatía y la tranquilidad contribuye a comunidades más pacíficas y colaborativas.

En Chile, contamos con herramientas como las pruebas SIMCE y DIA que evalúan indicadores socioemocionales. Sin embargo, los resultados de estas evaluaciones no se socializan ni se utilizan para crear políticas educativas que promuevan esta área fundamental de la educación. Aún queda mucho camino por recorrer. Necesitamos que la formación docente inicial incluya conocimientos sobre neurociencia y emociones, que se fortalezca la capacitación continua del profesorado y que se diseñen políticas públicas que impulsen la educación emocional en nuestras escuelas.

Tal vez, un buen primer paso sería desempolvar el Proyecto de Ley de Educación Emocional, que lleva desde 2018 esperando en el Congreso de Chile. Es hora de avanzar.

Daniela Ossandón Vargas

Socia Fundadora de CDivulga

Profesora especializada en neurociencia y experta en educación emocional

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