EDITORIAL | La ciencia no cambia con los gobiernos (aunque a veces actuemos como si sí)

Cada cambio de gobierno viene acompañado de diagnósticos, promesas y nuevas prioridades. Es esperable e incluso necesario.
Lo que no es esperable —pero ocurre— es que también cambie la forma en que tratamos el conocimiento.

Porque aunque no se diga explícitamente, muchas decisiones siguen tomándose como si la evidencia fuera opcional. Como si pudiera adaptarse al clima político, al titular del día o a la presión del momento. Y la ciencia no funciona así.

La ciencia no es un repertorio de respuestas listas para justificar decisiones. Es, en el mejor de los casos, una forma incómoda de pensar y observar el mundo: una que obliga a dudar, a revisar lo que creíamos cierto y a aceptar que, a veces, nos equivocamos. 

Eso incomoda. A la política, a los medios y también a la academia. 

El caso de Monte Verde es un buen recordatorio, un hecho histórico y a la vez completamente vigente. Durante años, la teoría dominante sobre el poblamiento de América parecía sólida. Se creía con cierta certeza que el sitio arqueológico Monte Verde, ubicado al suroeste de Puerto Montt, era el asentamiento más antiguo de todo el continente. Sin embargo, evidencias publicadas recientemente han vuelto a abrir la discusión, proponiendo que el sitio podría ser unos 7.000 años más reciente de lo que se pensaba.

Lejos de ser un problema, este es precisamente el corazón del trabajo científico: revisar, contrastar, tensionar interpretaciones y volver a mirar los datos. Monte Verde no es un caso cerrado, es un proceso en curso.

Porque la ciencia no cambia solo cuando aparece nueva evidencia. Cambia cuando somos capaces de integrarla, discutirla y permitir que transforme —una y otra vez— lo que creíamos saber.

Hoy, en un escenario donde las decisiones públicas se toman cada vez más rápido —muchas veces empujadas por la urgencia comunicacional o el cálculo político—, el riesgo no es equivocarse. Es dejar de hacerse las preguntas correctas.

Cuando la evidencia se subordina al impacto, cuando los datos compiten con opiniones en igualdad de condiciones, o cuando la asesoría científica se vuelve decorativa, perdemos rigor y perspectiva.

Pero no toda la responsabilidad es de la política. Los medios de comunicación —y aquí es donde también nos toca hacernos cargo— han contribuido a instalar una lógica donde todo debe ser rápido, claro, y ojalá, categórico. La ciencia rara vez cumple con esos requisitos. Es lenta, matizada y muchas veces, incierta.

Entonces se simplifica. Se exagera. Se fuerza. Se comunica como certeza lo que aún es proceso.

Y aquí es donde se rompe lo fundamental: la confianza.

Comunicar ciencia no es traducirla, no es “hacerla más fácil”. Implica responsabilidad, resguardo de las fuentes, respeto ante los tiempos de investigación, cuidado ante la  sobrerrepresentación de resultados y, sobre todo, implica no forzar conclusiones que la evidencia no puede sostener.

En definitiva, implica ética.

En CDIVULGA no creemos en una ciencia neutral ni en una comunicación indulgente. Creemos en la responsabilidad de aportar a esta forma de mirar el mundo, que no depende del gobierno de turno, ni del titular más llamativo, ni de la presión por tener respuestas inmediatas.

Porque si algo nos enseña la ciencia es que el conocimiento no se construye en respuesta a la autoridad, sino en base a la evidencia.

Y que avanzar no siempre es saber más, a veces es cuestionar lo que sabemos. Es cambiar.

 

 

Escrito por Natalia Salazar, Directora y Socia fundadora; y Belén Sabbag Ferreira, Editora General. 

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